Los cines de Santander

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En el año 2003 los santanderinos quedamos sin cines en la ciudad, sólo quedó la Filmoteca y el proyecto de una inversión privada para crear salas en el centro. Ya no podíamos acudir a aquellas salas que carecían del aroma de la palomitas, que estaban en nuestra propia calle o a unos minutos a pie, donde Manolo en Los Ángeles, al mismo tiempo que te cortaba las entradas, te daba su sabia opinión sobre la película, o Ramón, en la cafetería del Capitol, te comentaba las opiniones del público en el vestíbulo. Los cines eran puntos de encuentro, las citas se concertaban en las puertas del Gran Cinema, del Capitol o del Coliseum, los amigos se reunían para hablar de lo divino y lo humano con la excusa de tal o cuál película y después se podía cenar en un buen restaurante próximo al cine.

 

Ahora con la estandarización de la exhibición cinematográfica en los centros comerciales, la única conversación que puedes mantener con la mayoría de los educados empleados es: “Sala 4; arriba a la izquierda” o bien “Sala 8; al fondo a la derecha”. Ya no existen los vestíbulos, ahora se llaman hall y tienen una enorme cantidad de puertas donde hay que tener cuidado para no entrar en una sala equivocada. El restaurante más cercano suele ser uno de comida rápida, con lo que el plan cinéfilo de buena parte de la gente joven suele comenzar con la hamburguesa o sucedáneo, continúa por la cola de la taquilla donde una jovencita tras el cristal con extraña voz cibernética busca tu aprobación sobre las localidades y te las proporciona, cola para las palomitas, refresco de cola y a ver las 24 imágenes por segundo, preferiblemente muy, muy rápidas y con mucha acción. Comida rápida y cine rápido, tan rápido como fácil de olvidar.

 

Cuando los cines se encontraban en el casco urbano, los planes eran más variados, te desplazabas de una sala a otra en pocos minutos, veías el ambiente de cada una al tiempo que paseabas agradablemente por la ciudad, contemplando los escaparates a tu paso y entrando en algún bar para adquirir un bocadillo, un refresco o los famosos churros de la calle Arrabal, verdaderas mareas, ahora inexistentes, de jóvenes se desplazaban en el eje que formaban el Bonifaz, Kostka, Roxy, Coliseum, Cervantes, Los Ángeles y Gran Cinema.

 

Todo comenzó en Santander, según José Estrañí, director de “El Cantábrico”, en 1898 con proyecciones itinerantes de los Lumière y Edison. Simón Cabarga en su libro “Santander en la historia de sus calles” apunta al Salón Pradera (1904), local apto para diferentes espectáculos, donde hoy se ubica el Banco de España, el lugar donde pudieron producirse las primeras experiencias de aquella novedad llamada cinematógrafo con carácter estable.

 

El local más emblemático de nuestra ciudad fue, sin duda, el Teatro Pereda (1919-1966) al final de la calle Martillo, del que injustamente nos privaron oscuras operaciones inmobiliarias. La espectacularidad de su fachada, platea, escenario, palcos y patio de butacas ha sido única. Se le comparó en su día con el Liceu de Barcelona o el Real de Madrid.

 

Otro teatro, El Liceo, en la calle San José, comienza su actividad cinematográfica en 1930, cine pequeño pero muy popular que termina su andadura en el incendio de Santander de 1941.

 

Fue el Cine Cervantes, en la calle del mismo nombre, originalmente Teatro Hesperia (1942-1978), el primero que utilizo precios reducidos, los martes el día fémina y los domingos por la mañana sus populares matinés. Hubo una época en la que, para acceder a sus instalaciones, era necesario portar en la solapa el “emblema” político que correspondía a ese día y que se adquiría en la calle a unos vociferantes vendedores.

 

Los jóvenes, siempre fieles al séptimo arte, unido a las precariedades económicas del parte del siglo pasado propiciaron situaciones como la de la Sala Narbón (1916-1957), junto al edificio Simago, la cual proporcionaba una entrada gratis los domingos por la mañana a todos los chavales que portasen diez chapas de gaseosa Santa Marta, con las consiguiente presión de éstos en todos los bares de la zona buscando las preciadas chapas.

 

El cine más longevo de todos con 66 años (1933-1999) fue el María Lisarda Coliseum, que dedicaba la época estival al teatro (Talía), un incendio lo destruyó en 1952 pero se le reconstruyó totalmente. Intentó adaptarse (con relativo éxito) a los tiempos añadiendo a sus instalaciones tres minicines.

 

También el fuego fue protagonista en el Capitol (1962-2002) en 1979, último grande que cerró tras 39 años. Asistir al Capi o iniciarse en el cine, resulta difícil de explicar, la mezcla de majestuosidad, calidad y modernidad de sus instalaciones hacía de acudir al cine una experiencia inolvidable. La desaparición de este cine y poco después de Los Ángeles (1957-2003), propició el fin de la actividad, tras 49 años ininterrumpidos, de la familia Restegui. Con los ya mencionados, el Cine Santander (1966-1992), temporalmente Las Multisalas Bahía y el Cine Gran Casino de El Sardinero, además del Cine Alameda (1954-1970), primera joya de la empresa, con él se inauguró el Cinemascope en Santander, cine con clase y prestigio indiscutible que se construyó transformando los locales de la antigua carpintería, terminó una página de oro en la historia del cine en nuestra ciudad.

 

Hemos visto que el fuego ha sido protagonista en algunos cines o teatros, pero además de los mencionados, el Cine Roxy (1955-1990) en la calle Guevara  y el Cine Mónaco (1961-1984) en Campogiro sufrieron sus efectos (ambos en 1979) a manos de grupos ultra en la época del aperturismo por atreverse a programar títulos con cierta carga ideológica o sexual y que hoy nos parecerían pueriles.

 

Muy populares fueron, los denominados, cines de barrio, uno de los más importantes fue el Cinema Tetuán (cerró en 1972) en la calle del mismo nombre, cine de buena calidad aunque el poco espacio que existía entre las filas, lo hacía muy incómodo.

 

Otro en la misma zona fue el Salón Victoria, con dos cines diferentes en una misma sala, éste era para gente acomodada, y el Popular Victoria, con servicios y accesos totalmente independientes para gentes más humildes. En esta época el barrio de pescadores estaba en Puertochico, la lonja era el edificio del Centro Cultural Doctor Madrazo y el cine se encontraba en el solar donde se ubica el aparcamiento del Gobierno autonómico, por ese motivo era un lugar de encuentro de las mujeres de los pescadores, que acudían hasta que alguien daba la voz de entrada de los barcos, momento en el que salían atropelladamente para ayudar a las faenas de desembarco del pescado. Al trasladarse el barrio de pescadores a lo que hoy se conoce como el Barrio Pesquero, comenzó su andadura el Cine Sotileza (1952-1979), donde el que se portaba mal en una proyección era castigado con 15 ó 30 días sin poder entrar.

 

También era popular el Cine España en la calle San Luis, local versátil ya que podía ofrecer diferentes espectáculos como boxeo o peleas de gallos. Fue el único que ofreció sesión continua cuando su final ya estaba próximo en la década de los 60. En sus instalaciones se podía encontrar trabajando a Coque, uno de los últimos artistas en la confección de grandes carteles de cine pintados a mano, todos conocían su firma, el pequeño fantasmuca. Otra de las actividades de este local fue la pelota, tuvo uso de frontón, lo que dio nombre al garaje que fue posteriormente.

 

Por su céntrica situación fue muy visitado el Cine Bonifaz que comenzó su actividad en 1930, primero como cine parroquial pasando por una etapa falangista y más tarde comercial. La astucia de los jóvenes hacía que se agruparan y sacaran menos entradas de la que realmente necesitaban, entrando a tropel, con lo que dos o tres veían la película de balde. Cerró en 1982 y tras una completa reconstrucción es, desde finales de 2001 y hasta 2007 que es cerrada por no disponer de licencia de apertura, sede de la Filmoteca de Cantabria. Esta sala, abocada al descrédito por una mala gestión política y administrativa, el cine Los Ángeles reabierto en el año 2006 con el apadrinamiento municipal, pero con una oferta intermitente y carente de la antigua calidad de antaño y las salas Groucho, con proyecciones de cine mayoritariamente europeo, continuas y de calidad, pero con una salas que no pasan de correctas y con un gerente que jamás recibirá el premio Mister simpatía, son nuestras únicas posibilidades de ver cine en el casco urbano de Santander.

 

Estas son las opciones a la alternativa del centro comercial, aparcamiento subterráneo, colas, olor a maíz y salas clónicas. Lamentablemente las nuevas generaciones no conocerán la emoción que suponía entrar en cualquiera de los majestuosos cines que jalonaban la ciudad, era algo mucho más grande que ver una película, era entrar en un mundo mágico.

 

Como dice la publicidad, a quienes los niños nos tratan de usted para pedir su balón, conocimos a Orzowei, vimos empezar a Mayra y nos acordamos de ver jugar a Gordillo, pudimos emocionarnos con “Blade Runner”, “Tiburón” o “El coloso en llamas” en el Capitol; “Senderos de gloria”, “El cazador” o “Cinema paradiso” en el Santander; “Apocalypse Now” o “Ecuentros en la tercera fase” en el Coliseum; “Manhattan” o “Annie Hall” en el Gran Cinema; también, quizás por ese motivo tenemos una gran capacidad de disfrutar.

 

Espero que estas breves reseñas, que sin la colaboración de Julián y Marcelino me hubiera sido imposible reunir, sea agradable revivir épocas pasadas para unos y formen conocimientos nuevos e interesantes para otros, y sirvan para que el recuerdo de los cines en nuestra vidas perviva siempre.

 

Paco España, Cine Club Trenti.

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